domingo, 8 de enero de 2017

El Racing jugó ‘en casa’ en La Balastera

Por unas horas, Palencia fue verdiblanca. O más o menos. En plena resaca navideña el desplazamiento fue masivo. Quizá no tanto como en otras ocasiones, pero para compensar se organizó un pasacalles desde la Plaza Mayor, centro de operaciones y punto de encuentro, para dirigirse en comitiva hasta La Balastera por la Calle Mayor; por la Palencia más castiza en un alarde de una afición que trataba de reivindicarse en cierto modo como dominante. Como local, casi, en una época en la que el equipo, la enésima refundación palentina, no atraviesa su mejor momento.
El goteo comenzó temprano y ya a mediodía los primeros expedicionarios se confundían con el ambiente del sábado postnavideño de rebajas y el Tren de Navidad que recorre el centro, y que con cierto desfase en el calendario circulaba aún por el casco viejo de la ciudad castellana. «Madre, cómo viene la cosa», comentaba un parroquiano en uno de los bares de la plaza. Pocos para asumir la marabunta cántabra, de modo que los aficionados tuvieron que repartirse por los alrededores del Ayuntamiento para calentar motores antes de la marcha sobre La Balastera. Un campo, por cierto, donde el Independiente perdió hace dos años y medio la final de Copa en la penúltima ocasión reciente en la que un equipo cántabro ha optado a un título oficial de la máxima categoría. Y la última a un gran título, con el único antecedente posterior de la Supercopa que también disputaron los bisontes en otra ciudad castellana: Valladolid.
Ya hacia las dos de la tarde el desembarco era casi completo y los colores verdiblancos lucían, esta vez sí, como hegemónicos en una ciudad con menos calma mañanera de los habitual mientras el equipo, que había partido de Santander a las diez y media de la mañana, con los hinchas más madrugadores, comía y velaba armas en el Hotel Rey Sancho antes de dirigirse al estadio. Mientras, los peñistas se repartían por la ciudad para indagar dónde comer. Los que comieron. La hora de partido en un estadio a diferencia de otros del grupo con una gran iluminación, lo permitía, pero el pasacalle adelantó algo más la hoja de ruta de los impenitentes.
En procesión
El primer partido del año, la cercanía de una plaza teóricamente propicia e incluso un tiempo más benigno del esperado, con temperatura siempre sobre cero pese a las previsiones anunciadas y el frío que amenazaba un campo que, en este aspecto sí, podría presumir sin complejos con Mendizorroza y el José Zorrilla. Apenas veinte minutos de pasacalles sirvieron para que los más de 500 aficionados que optaron por unirse a la comitiva –después hubo alguno más en La Balastera– se dejaran notar. Y mucho. «¿Estos qué son, los del Racing? Sí, es que el Santander –sic– juega hoy contra el Palencia», comentaban dos señoras en el Paseo del Salón, en un deje que chirría, y mucho, en el racinguismo pero que del mismo modo sirve para comprobar cómo los cánticos despertaron por unos momentos a la ciudad de la modorra de la siesta en un día muy propicio para ello. Sobre todo entre una afición local que por muy poco no estuvo en inferioridad respecto a la marea cántabra.
Por delante, un solitario coche de la Policía Local abría la comitiva con la única función de regular el tráfico –no hacía falta más– en una jornada de fiesta contenida, como invitan las circunstancias en plena transición hacia lo que se espera sea el definitivo asalto al ascenso. Fotos con el móvil, vídeos e incluso algún turista despistado que preguntaba qué era aquello, si una manifestación. Y si era un partido, de qué equipos y de qué categoría.
Era Segunda B, claro. Como durante el último año y medio. Una categoría que una vez más se le volvió a quedar pequeña. Como se supone, como resulta casi obligado, para un equipo con la tradición y poso del Racing, que ayer arrancó el año en la mejor compañía. Tanto como para ser mayoría (bastante más de mil cántabros en Palencia), tanto desde el punto de vista numérico como desde el lúdico-festivo. En dos semanas el viaje a Pontevedra será mucho más solitario, pero Burgos y León todavía esperan ya a la marea racinguista.

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