martes, 25 de abril de 2017

¿Por qué no hay hooligans en las grandes ligas deportivas de Estados Unidos?

En marzo de 2015, en un partido entre Washington Capitals y Philadelphia Flyers de la Liga profesional de Hockey (NHL) Tom Wilson y Luke Schenn se enzarzaron en una pelea que ocasionó una tangana histórica. Puños, sticks y codos volaron más que el disco aquel 5 de marzo. Media hora después del partido la página hockeyfights.com dio como vencedor de la refriega a Luke Schenn, con el 76% del voto popular. Había ganado por primera vez un duelo a hostia limpia. Muy lejos de las 19 peleas que aquel 2015 coronó al rocoso Cody McLeod como el mejor 'mamporrero' de la NHL.
Tras el partido los aficionados (familias completas con niños y abuelos) se fueron entusiasmados: "Ha sido un espectáculo maravilloso". Ningún incidente más. Si pasa esto en el Kıtalar Arası Derbi —derbi turco entre Fenerbahçe y el Galatasaray— hay varios muertos en la calle seguro.
En Estados Unidos todo es susceptible de ser un espectáculo que se puede rentabilizar y la violencia cotiza muy bien. Las peleas institucionalizadas y reguladas de la NHL son una forma de darle al público hambriento lo que quiere, y funcionan estupendamente. Tan bien como la teatralización del Pressing Catch que lleva más de 50 años vendiendo hostias falsas a precio de saldo. Una forma de legitimar la violencia que, entre otras cosas, amansa al espectador.
Hay violencia (fingida y real) dentro y fuera del deporte americano... y mucha. Los actos vandálicos, la violencia alcoholizada o las reyertas callejeras entre aficionados son normales en las celebraciones de los equipos en las grandes ligas o incluso en los torneos universitarios. Violencia asociada a la masa aborregada de una sociedad educada en la Segunda Enmienda. Basta recordar los 'Lakers riots' de 2010 u otros once históricos disturbios ocasionados por acontecimientos deportivos.
Pero la violencia organizada en bandas fanáticas de decálogo agresivo que viajan y entregan su cuerpo y alma al equipo de su vida como en una religión monoteísta es un fenómeno residual en Norteamérica y de mayor tradición europea o latinoamericana. Y tiene su explicación.
La movilidad y el arraigo
En Europa el arraigo a las ciudades es tradicionalmente mucho mayor. Los grandes equipos históricos nacen entorno a ese arraigo y el sentimiento de lealtad hacia tu ciudad. En Estados Unidos el sentimiento patriota se alimenta más de la nación que del Estado o de la ciudad y, por ende, de tu equipo. La movilidad interestatal y generacional allí es mucho mayor, sobre todo en toda la Costa Este. Es muy probable que si vives en Nueva York tus padres pertenezcan a otra ciudad y el lazo generacional con tu ciudad (y con tu equipo) sea menor que el de un ciudadano de Madrid, Milán o Nápoles. Todo ello influye a la hora de vivir el deporte y disfrutar de tu equipo como disfrutas de una ciudad que te ha adoptado. El lazo es puramente recreativo, y se nota.
En Estados Unidos es normal cambiarte de equipo solo por cambiar tu residencia, cuando vas a estudiar o trabajar a otra ciudad. En Europa esto sería un sacrilegio. Las raíces culturales y la forma de ver el fútbol, por ejemplo, convierten en una especie de religión a la que uno pertenece por nacimiento, no por diversión...  y quien pertenece a una religión es siempre capaz de hacer locuras por ella.
Pero no solo eso. Los grandes equipos norteamericanos son franquicias que suelen cambiar de ciudad según sean negociadas con las grandes marcas, empresarios patrocinadores y Grandes Ligas. Los Lakers ('Lagos' en inglés) eran originalmente de Minnesota, uno de los estados que bordean los siete Grandes Lagos. En los Ángeles no hay 'Lakers' importantes hasta que se mudó allí la franquicia en 1960, conservando parte de su nombre.
¿Se imaginan que un magnate compra el Real Madrid y se lo lleva a Londres conservando el nombre? Además de que es inviable normativamente sería impensable desde el punto de vista cultural e histórico.
El deporte base
En Europa, la mayoría de los clubes de fútbol de ligas menores compiten en un sistema de promoción de ascensos y descensos a categorías superiores. Siempre hay algo en juego más allá de la gloria de un título de tu liga regional. Un equipo puede ascender de categoría y visitar estadios y ciudades donde sus jugadores pueden ser promocionados a otras ligas. La competitividad va más allá de los propios valores deportivos. Hay posible trabajo y dinero en juego y esto provoca tensiones que se pueden radicalizar más fácilmente.
En los Estados Unidos el sistema es, por lo general, distinto. El sistema de ligas menores es menos profundo y los equipos pequeños (la mayoría ligados al mundo universitario) funcionan simplemente como canteras directas de las grandes ligas. Eso significa que fuera de las grandes ciudades no hay mucho interés en los equipos locales. No existe una rivalidad eterna ni rencillas más allá de las competencias clásicas entre las universidades o colegios mayores.
or otra parte la mayoría de las ligas menores norteamericanos son franquicias patrocinadas por marcas, colegios y universidades. Un sistema mucho más regulado, inseparable del proceso educativo, y donde por ejemplo, está prohibido el alcohol en los estadios (hasta la Universidad). Los espectadores son familiares, compañeros y conocidos y los disturbios son más improbables que en las ligas de cualquier pueblo perdido del viejo tejido industrial europeo.
La segunda enmienda
La violencia institucionalizada y regulada permite que el acceso a las armas de cualquier ciudadano estadounidense sea infinitamente mayor que con la regulación europea. Lo que aquí es una peligrosa batalla campal con tirachinas, armas blancas, sillas de garrafón o cascotes naranjas allí sería una mortal exhibición paramilitar de última tecnología. Cualquier atisbo de movimiento ultra tendría que pasar por la militarización de sus bases. Demasiado caro y peligroso. 
La logística
La distancia entre las ciudades que participan en las Grandes Ligas es muy grande. Incluso para visitar el Estado vecino. Para hacerse a la idea en 2016 los Golden State Warriors de la NBA viajaron 53.575 millas (86.220 kilómetros) para completar toda la temporada de liga. En España, en el peor de los casos, un equipo de primera división de fútbol es difícil que pase de los 6.000 kilómetros (solo contando los 17 partidos fuera de casa en competición liguera). En la Premier League el trayecto más largo son las 6 horas en coche que tiene que hacer un aficionado para ver el Newcastle United-Swansea City.
Este sencillo dato logístico explica por qué es muy difícil que grupos de iletrados ultras norteamericanos se organicen para viajar con su equipo regularmente. Esos obreros del tejido industrial británico (...muy del cine de Ken Loach) que matan —a veces literalmente— por su equipo tendrían que ser millonarios para poder cubrir todo el calendario en territorio yanqui. Los estadios de las grandes ligas norteamericanas cuentan con muy pocos seguidores del equipo contrario lo que dificulta o hace ridículas las reyertas entre aficionados rivales y transforman la forma de vivir cada partido. Por eso un partido de la NBA es siempre un espectáculo tan familiar... en el sentido más amplio del término.
A pesar de ello —y quizás por ello— sí que hay rivalidades históricas entre las ciudades más cercanas y violencia generada por esa (des)afinidad geográfica. La hostilidad entre los Yankees y los Red Sox (Nueva York y Boston están apenas a tres horas de coche) de la MLB es un buen ejemplo de ello, con constantes incidentes, algunos hasta con víctimas mortales. 
La cultura y el futuro
A pesar de todo lo expuesto la importación de la cultura futbolística europea a la MSL —La Major League Soccer— está preocupando a sus dirigentes. El crecimiento del interés por la liga es tan mayúsculo que antes de que los aficionados imiten el modelo patrio se están importando modelos violentos del viejo continente...
El periodista del NYT Jay Caspian denunció en 2016 que en muchos estadios el circuito de la MSL se estaban entonando canciones 'con acento inglés' llamando a la borrachera y a la violencia...
Todo ello demuestra también que el 'hooliganismo' no es más que un reducto cultural asociado a la historia del fútbol, muy ligado a sus orígenes y más propenso que en otros deportes.
El futuro pinta negro.

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