martes, 2 de enero de 2018

Nacional-futbolismo

Por supuesto, con el desarrollo de la era de las masas, en las primeras décadas del siglo XX, el fútbol gozó de una gran repercusión. Pero la gran revolución que catapultó a ese deporte como actor social y hasta económico de primera magnitud fue la televisión, que llevó una grada preferente a cualquier hogar que tuviera un receptor. El despliegue tecnológico que acompañó al fútbol televisado supuso un crecimiento espectacular de los intereses económicos y empresariales en torno a las retransmisiones. De esa forma, los clubs se situaron en el centro de un complejo mundo de intereses de todo tipo, incluyendo los políticos. Y cuando la política se radicalizó, el fútbol se convirtió también en un espejo de tales sentimientos.
Aunque ya en los años veinte y treinta del siglo pasado vimos equipos de fútbol como pulida representación de regímenes totalitarios, sesenta años más tarde las cosas habían evolucionado mucho en ese sentido, de forma más desmadrada. Y, una vez más, el Este hizo aportaciones peligrosas.
Una e importante fue la relación directa entre fútbol y estado, o régimen político. Y, por extensión, con sus respectivos aparatos de seguridad y defensa. Es bien conocido que, por ejemplo, de los dos clubes más potentes en la Rumania comunista, el FC Steaua y el FC Dinamo, el primero estaba controlado por el Ejército, y el segundo por el Ministerio del Interior. Por ello, en los conflictos civiles subsiguientes a la desintegración del Bloque del Este, los clubes de fútbol de mayor envergadura se unieron, apoyaron a las nuevas opciones nacionalistas y se implicaron incluso en los choques violentos. El célebre partido entre el Estrella Roja de Belgrado y el Dinamo de Zagreb, el 13 de mayo de 1990, que se acabó convirtiendo en una batalla campal entre sus seguidores fanatizados, se considera a veces como el primer choque que prefiguraba las guerras de secesión yugoslavas. El gran símbolo, recogido en fotografía fue la patada del jugador croata, Zvonimir Boban, a un policía.
Posteriormente, de los hinchas de diversos clubes saldrían incluso grupos constitutivos de fuerzas paramilitares. El caso más conocido es el de los ultras del Estrella Roja de Belgrado, que suministraron la base para la creación de la Guardia Voluntaria Serbia, popularmente conocida como los Tigres de Arkan, implicados en crímenes de guerra en los conflictos de Croacia y Bosnia. Pero otros clubes, y más especialmente los Bad Blue Boys del Dínamo de Zagreb, también suministraron cantera de combatientes fanatizados.
Tras las guerras de la ex Yugoslavia, nuevos conflictos civiles empezaron nutriéndose de voluntarios a partir de los hooligans locales, a veces ya organizados previamente a partir de sus propios clubes de seguidores, con jerarquías internas, y duchos en el recurso a la fuerza; tal como lo describió el periodista británico Bill Buford en su célebre libro reportaje Entre vándalos (1992). Pero donde se produjo una verdadera eclosión en la dinámica de transformación de forofos en combatientes nacionalistas fue en el conflicto de Ucrania, durante el cual todos los clubs se posicionaron a favor de uno u otro bando. Incluso se produjo el célebre caso del Shajtar de Donetks, que abandonó su ciudad y el Donbass Arena para trasladarse a la ciudad de Lviv, en la otra punta de Ucrania, debido a la guerra del 2014. Por lo demás, los diversos clubes fueron cantera de paramilitares y hasta el trágico incendio de la Casa de los Sindicatos en Odessa, que el 2 de mayo concluyó con 46 muertos, comenzó con un pasacalles nacionalista que agrupaba a fans del FC Chernomorets Odessa, el FC Metalist Járkov y militantes ultraderechistas de Pravy Sektor.
Por supuesto que las manifestaciones políticas violentas en torno al fútbol no han sido privativas de Europa del Este. Así, los primeros reclutas de las milicias Interahamwe que encuadraron e impulsaron el genocidio de Ruanda en 1994 procedían de clubes de fútbol locales: pequeños como el Loisirs; o grandes, como el Kigali CF, el equipo capitalino de primera división. Como consecuencia de la Primavera Árabe, en febrero de 2012 tuvo lugar la masacre de Port Said, en Egipto, cuando tras un partido se enfrentaron seguidores del local Al-Masry, partidarios de Mubarak, contra los aficionados del cairota Al-Ahli, defensores de las revueltas árabes. La batalla se saldó con 74 muertos. Y después tenemos toda la problemática del narcotráfico y los paramilitares, imbricados en el fútbol colombiano, por ejemplo. O la agitación exterior programada del "ejército hooligan" ruso integrado por los ultras del grupo Orel Butchers, entrenados en tácticas de combate urbano.
Casi podríamos decir que, a veces, las camisetas deportivas sustituyen hoy en día a las camisas de colores y correajes de los años veinte y treinta del siglo pasado. Pero con todo, el fenómeno del nacional-futbolismo parece haber terminado por generar un efecto todavía más nefasto: la percepción de la política como fútbol, con la falsa conclusión de que tal sólo se trata de meter goles al adversario político, jugar partidos e incluso ligas. Y una vez marcado el último gol, volver a casa a dormir, tras celebrarlo por todo lo alto, con la seguridad de que al día siguiente todo seguirá como siempre.

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