"Old Trafford parece un funeral", se quejó hace unos días el entrenador Alex Ferguson, por la falta de aliento de los hinchas cada vez que Manchester United juega en su estadio mítico, bautizado "El teatro de los sueños".
"Más que un funeral, Old Trafford parece un estadio policial", replicó Colin Hendrie, representante de una de las organizaciones de hinchas del club. "Apenas te levantas de tu asiento, viene un steward (vigilante privado) que te tuerce un brazo, te saca del estadio y te quita tu abono", protestó Hendrie.
El debate, sin embargo, no se agota en Inglaterra, una Liga globalizada, con entradas a cien dólares y sus estadios sin vallas y seguridad privada. La millonaria Premier League no hace más que cumplir con la exigencia FIFA de que los estadios adecúen sus instalaciones para que los hinchas puedan estar todos sentados. Y lo exige no sólo para Inglaterra, sino a todos sus miembros afiliados, Argentina incluída. La AFA, desbordada por la violencia, lanzó un nuevo manotazo al anunciar hace unos días el empadronamiento de hinchas para 2008. Los hinchas protestan una medida que, igual que su par de Manchester United, consideran "policial", pues los obligará a entregar sus huellas dactilares. Y los barras, conscientes de que algún día se terminará su impunidad, advierten que, sin ellos, sin su aliento incondicional, los estadios argentinos, igual que Old Trafford, también se convertirán en un funeral, como si ya no lo fueran, pero en serio y no como lo ironiza Ferguson.
"Más que un funeral, Old Trafford parece un estadio policial", replicó Colin Hendrie, representante de una de las organizaciones de hinchas del club. "Apenas te levantas de tu asiento, viene un steward (vigilante privado) que te tuerce un brazo, te saca del estadio y te quita tu abono", protestó Hendrie.
El debate, sin embargo, no se agota en Inglaterra, una Liga globalizada, con entradas a cien dólares y sus estadios sin vallas y seguridad privada. La millonaria Premier League no hace más que cumplir con la exigencia FIFA de que los estadios adecúen sus instalaciones para que los hinchas puedan estar todos sentados. Y lo exige no sólo para Inglaterra, sino a todos sus miembros afiliados, Argentina incluída. La AFA, desbordada por la violencia, lanzó un nuevo manotazo al anunciar hace unos días el empadronamiento de hinchas para 2008. Los hinchas protestan una medida que, igual que su par de Manchester United, consideran "policial", pues los obligará a entregar sus huellas dactilares. Y los barras, conscientes de que algún día se terminará su impunidad, advierten que, sin ellos, sin su aliento incondicional, los estadios argentinos, igual que Old Trafford, también se convertirán en un funeral, como si ya no lo fueran, pero en serio y no como lo ironiza Ferguson.
Cuentan que en los años ´50 el club Brighton pidió a sus hinchas que no gritaran tan fuerte porque molestaban a los vecinos. Los tiempos cambiaron. Los hinchas pasaron a ser protagonistas de la fiesta participativa del fútbol. Y muchos tomaron a los estadios como nuevo escenario de pertenencia para combatir junto con su tribu. Los hooligans provocaron un desastre. Fueron la mejor excusa para los tiburones de la pelota, que utilizaron el tema de la seguridad para encarecer los boletos, mientras sueñan con estadios tipo shopping center, hinchas-clientes que comen hot dog y cantan a la par del altavoz. Tanto cambió todo que el jugador Sol Campbell propuso en estos días sanciones para los fanáticos que sólo van al estadio para insultarlos. En Argentina, en cambio, jugadores, técnicos y hasta árbitros retirados o en el exterior cuentan que una de las cosas que más extrañan son las puteadas de los hinchas, hoy tan presentes como siempre, si inclusive llevan años de bendición en un programa de TV.
En nuestros estadios, el insulto forma parte del paisaje cotidiano. Es una de las características del folklore del fútbol argentino, cuya pasión tanto parece atraer a los turistas. Muchos europeos que no tienen dinero para viajar en globo o escalar el Everest, toman como deporte extremo viajar un domingo a la Bombonera con La 12, subirse al paravalanchas con un trapo y gritar con el Rafa Di Zeo (hoy preso) "Dale Boooca, Dale Boooca", todo a cambio de módicos 150 dólares, con el celular filmando para luego mostrar la experiencia a sus amigos de Primer Mundo.
Christian Bromberger, un etnólogo francés que estudió estadios e hinchadas de todo el mundo, cree que las tribunas son uno de los pocos escenarios sin control oficial y, por ello, con una libre expresión absoluta, incluyendo insultos y amenazas que no deben ser tomados al pie de la letra. "Los estadios -según Bromberger- son lugares donde se levantan todos los tabúes sociales, donde se pueden expresar directamente las cosas que no se dicen en lo cotidiano, donde se expresa un odio que, la mayoría de las veces, es retórica carnavalesca". El problema, al menos en Argentina, es que muchas otras veces, cuando los barras, y no sólo ellos, cantan que van a matar, hay algunos que, efectivamente, van y matan. La mayor parte de los otros cantos discriminan y excluyen. A "bolitas", "paraguas", "negros" o "putos". Es que el fútbol, afirma Bromberger, "no podría funcionar como negocio si no cristalizara una visión profunda del mundo".
En nuestros estadios, el insulto forma parte del paisaje cotidiano. Es una de las características del folklore del fútbol argentino, cuya pasión tanto parece atraer a los turistas. Muchos europeos que no tienen dinero para viajar en globo o escalar el Everest, toman como deporte extremo viajar un domingo a la Bombonera con La 12, subirse al paravalanchas con un trapo y gritar con el Rafa Di Zeo (hoy preso) "Dale Boooca, Dale Boooca", todo a cambio de módicos 150 dólares, con el celular filmando para luego mostrar la experiencia a sus amigos de Primer Mundo.
Christian Bromberger, un etnólogo francés que estudió estadios e hinchadas de todo el mundo, cree que las tribunas son uno de los pocos escenarios sin control oficial y, por ello, con una libre expresión absoluta, incluyendo insultos y amenazas que no deben ser tomados al pie de la letra. "Los estadios -según Bromberger- son lugares donde se levantan todos los tabúes sociales, donde se pueden expresar directamente las cosas que no se dicen en lo cotidiano, donde se expresa un odio que, la mayoría de las veces, es retórica carnavalesca". El problema, al menos en Argentina, es que muchas otras veces, cuando los barras, y no sólo ellos, cantan que van a matar, hay algunos que, efectivamente, van y matan. La mayor parte de los otros cantos discriminan y excluyen. A "bolitas", "paraguas", "negros" o "putos". Es que el fútbol, afirma Bromberger, "no podría funcionar como negocio si no cristalizara una visión profunda del mundo".
No hay comentarios:
Publicar un comentario